Los profesores

Nov 14 • Reflexiones • 696 Views • No hay comentarios en Los profesores

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Los tiempos de crisis nos llevan a valorar la labor de los docentes, quienes a lo largo de generaciones se han distinguido por su generosidad. Esta es una nueva reflexión del escritor portugués José Luís Peixoto

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POR JOSÉ LUÍS PEIXOTO
El mundo no nació con nosotros. Esa ligera ilusión es una señal más de la imperfección que cubre nuestros sentidos. Llegamos un día que no recordamos pero que celebramos anualmente; luego, poco a poco, la neblina se fue desvaneciendo en los objetos hasta que finalmente logramos reconocernos en el espejo. En aquella edad, no sabíamos lo suficiente para entender que no sabíamos nada. Fue entonces que llegaron los profesores. Traían todo el conocimiento del mundo que nos antecedió. Se lanzaron a la tarea de actualizarnos con el presente de nuestra especie y de nuestra civilización. Esa tarea, lo sabemos hoy, es infinita.

 

El material que es trabajado por los profesores no puede ser cuantificado. No hay números o decimales con suficiente precisión para medirlo. La falta de cuantificación no es culpa de los asuntos incuantificables, es culpa de nuestro deseo de cuantificar todo. Los profesores no venden el material que trabajan, lo regalan. Nosotros, con el tiempo, con los años, con la distancia entre nosotros y nosotros, somos llevados a creer que aquello que los profesores nos dieron nos perteneció desde siempre. Más que creer que ese material es nuestro, creemos que nosotros mismos somos ese material. Por ironía o capricho, es en ese momento que el trabajo de los profesores se vuelve efectivo. El trabajo de los profesores es la generosidad.

 

Basta un esfuerzo mínimo de la memoria, basta un plín pequeñito de gratitud para que entendamos cuánto les debemos a los profesores. Les debemos mucho de lo que somos, les debemos mucho de todo. Hay algo de definitivo y eterno en esa misión, en esa palabra que es transmitida de generación en generación, enseñada. Con sus portafolios de profesores, sus sacos, sus Ford Fiesta con sillita para los hijos en el asiento trasero, los profesores de hoy son los mismos de ayer. La labor que practican es igual a la que fue practicada por otros profesores, con otros peinados, que existieron hace siglos o hace décadas. El conocimiento que llena las páginas de los manuales aumentó y cambió, pero la esencia de aquello que los profesores hacen se mantiene. Esencia, esa palabra que los profesores recuerdan cíclicamente, esa misma palabra que tendemos a olvidar.

 

Un ataque contra los profesores es siempre un ataque contra nosotros mismos, contra nuestro futuro. Resistiendo, los profesores, por su labor, son los guardianes de la esperanza. Los vemos dando forma y sentido a la esperanza de niños y jóvenes, aceptamos esa evidencia, pero fallamos en entender que son también ellos los que mantienen viva la esperanza que todos necesitamos para existir, para respirar, para estar vivos. Ay de la sociedad que perdió la esperanza. Quien no tiene esperanza no está vivo. Aun cuando respire, ya murió.

 

Avergüéncense aquellos que dicen haber perdido la esperanza. Avergüéncense aquellos que dicen que no vale la pena luchar. Cuando las dificultades son mayores es cuando el esfuerzo para sobrepasarlas debe ser más intenso. Sabemos que estamos aquí, la sangre nos atraviesa el cuerpo. Nacimos un día en el que casi nos pareció que había nacido el mundo entero. Poseemos el don de una voz, podemos utilizarla para expresar todo el entendimiento de lo que significa estar aquí, en esta posición. Durante años de clases teóricas, clases prácticas, en el laboratorio, en el gimnasio, en las excursiones, en los resúmenes escritos en el pizarrón al comenzar la clase, los profesores nos enseñaron que existe vida más allá de las certezas rígidas, opacas, que nos quieran presentar. Si desconectamos la televisión por un instante, llegaremos fácilmente a la conclusión de que, así como en las clases de matemáticas o de filosofía, no hay problemas que dispongan de una única solución. De la misma manera, no hay fatalidades que no puedan ser cuestionadas. Es al hacerlo que se piensan y se encuentran soluciones.

 

Rechazar la educación es rechazar el desarrollo.

 

Si logran convencernos de desistir de dejar un mundo mejor que aquel que encontramos, el error no será tanto de aquellos que sean capaces de robarnos una aspiración tan fundamental, el error primero será nuestro, por haber dejado que nos robaran la capacidad de soñar, la ambición, mitad de la humanidad que recibimos de nuestros padres y de nuestros abuelos. Pero espero que no, confío en que no, no olvidemos la lección que aprendimos y que seguimos aprendiendo todos los días con los profesores. Tengo la esperanza.

 

FOTO: Una maestra muestra su aula de trabajo, vacía durante esta pandemia, en una escuela de Iztapalapa, Ciudad de México./ Diego Simón/ EL UNIVERSAL

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