Woody Allen y el romance interruptus

Nov 26 • Miradas, Pantallas • 3465 Views • No hay comentarios en Woody Allen y el romance interruptus

POR JORGE AYALA BLANCO

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En Café Society (EU, 2016), melancólico opus 46 del aún hiperactivo octogenario autor total por excelencia Woody Allen (a la altura de sus formidables medio incomprendidas Jazmín azul 12 y Un hombre irracional 15), el nervioso chico judío avispado en el Bronx nacido pero en ruptura con su destino mediocre neoyorquino Bobby Dorfman (Jesse Eisenberg) se traslada al supersnobista Hollywood dorado de los 30s para ser protegido de mala gana por su poderosísimo tío agente de estrellas Phil (el soberbio Steve Carrell de Foxcatcher haciendo la caricatura egotista de Martin Scorsese fingiendo hacerla de Irving Thalberg one more time), se enamora de la lindísima secretarita inconformista Vennie (Kristen Stewart) que sin él saberlo sostiene un romance clandestino con el mismo tío magnate, quien es incapaz de cortar a su estorbosa esposa perfecta Karen (Sheryl Lee) y mejor acaba deshaciéndose de la joven, la cual podrá iniciar un libérrimo romance feliz con el sobrino, idílicamente, al estilo del mejor Hollywood de la estrella cotidiana Irene Dunne y el galán comediante Joel McCrea, mas sin embargo, va a ser paradójicamente por Bobby que Vonnie se enterará de las decisión de su tío de separarse por fin de su esposa y será él quien saldrá botado, aunque andando el tiempo, una vez que el deleznado Bobby haya logrado hacerse rico y se vea rodeado de celebridades gracias al club nocturno Café Society que ha fundado con el dinero de su feroz hermano hampón Ben (Corey Stoll) y haya rehecho su vida con la elegantísima mujer maternal perfecta Veronica (Blake Lively), volverá a toparse con su venerada Vonnie, convertida en una repelente dropping names, para reiniciar dramática, insatisfactoriamente y a distancia con ella el romance interruptus.

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El romance interruptus hace temerariamente una altiva declaración de amor-odio al glamour de época y su desmitificadora-desmistificadora crítica humanística y axiológica desde la acerba plataforma esteticista de la película más glamourosa de Woody Allen en muchos lustros, a caso desde El gran amante (99): coqueterías de estilo al por mayor, exquisita recreación de época, tonos pastel de sabor agridulce (por opulenta cortesía del magnificente septuagenario fotógrafo ultra Vittorio Storaro), una crucial carta de amor de Rudolph Valentino como improbable regalo de Bodas de Papel (al primer año de novios), límpidos exteriores rutilantes de luminosidad transparente e interiores sórdidamente ocres, en concordancia cabal con esta pérfida respuesta antihollywoodense 30s de Allen a la coruscante sátira antihollywoodense 40s de los Coen en ¡Salve, César! (16).

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El romance interruptus gasta y debilita su intensidad y de su fuerza puntuales al desperdigarse en tramas colaterales y subtramas digresivas, cuya presencia sin embargo se entiende al entroncar con el eje argumental, a veces caracterológicas, a veces contextuales, a veces incidentales parasitarias, a veces gratuitas como bromas públicas privadas, así el largo episodio inicial con la enternecedora putilla judía debutante Candy (Anna Camp) que se deja ir intocada y sólo sirve para definir el impoluto lado romántico soñador del héroe, así el acerbo cuadro de costumbres judiobarriales con criaturas mezquinas tan detestablemente realistas como los siniestros tías Rose (Jeannie Berlin) y Evelyn (Sari Lennick) con sus respectivos maridos archimediocres buenos para nada, así la historia en paralelo impetuoso del incontenible hermano mortífero que guiña el ojo en forma constante al original cine de gángsteres para plantearse como un verdadero contrapunto subliminal y permitir algunos chistes judíos ante la silla eléctrica sobre la conveniencia de convertirse a la religión que mejor postrimerías del hombre prometa, así el recurso constante de la pareja de los amigos Rad (Corey Stoll) y Steve (Paul Schneider) que permiten refrendar la creencia laica en los ángeles de la guarda, así la hipócritamente promovida aunque indeseada ejecución con saña del molesto vecino ruidoso Joe (Brendan Burke) que sigue vehiculando el rolling-gag de los cadáveres arrojados a los cimientos de edificios en construcción, y así sucesivamente.

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El romance interruptus presume y exhibe una ingeniosa parábola en los dos sentidos del término; en el sentido de la curva geométrica, los dos cabos de la cónica tendida caen de modo espacioso, simétrico y seguro como una bala de cañón que se sueña gallarda saeta viéndose en el espejo: al modo del héroe que sin proponérselo compite en un desigual triángulo amoroso con su infecto tío hasta devenir en remedo de él, cual explícita versión masculina de la pelandruja Joan Crawford que devenía gran seductora sofisticada desde Matrimonio y señorío/ La novia vestía de rojo (Dorothy Arzner 37); y en el sentido de la parábola como ejemplificante género fabulesco de origen comparativo-bíblico, nace del acercamiento de dos situaciones en parangón de las que debe derivarse una enseñanza: al modo de la heroína de espíritu libre en la época del jazz que se identificaba con la arribista sexual Barbara Stanwyck y detestaba el snobismo pero que termina como tristísima snob, porque “Ya somos todo aquello/contra lo que luchamos a los veinte años” (J. E. Pacheco).

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Y el romance interruptus se enreda finalmente en una espiral de melancolía, una auténtica reinvención de la melancolía como recóndita coloración vital única, porque ya el lamentable snob al servicio ancilar de la riqueza Bobby ha conseguido transformar su vida en una disyuntiva amorosa cancelada de antemano, a su antigua adorada Vonnie en la amante imposible y a su esposa Veronica en la nueva Karen, como si estuviera desmembrado emocionalmente entre Melinda y Melinda (Allen 04), para que la cámara de súbito mareante gire en torno de su titubeante desconcierto desequilibrado, y la imagen de la derrota existencial torne al negro absoluto con música de jazz porque “Los sueños son sueños” y “La no-respuesta también es una respuesta”.

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