Rescatando al soldado Keller

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La frontera, de Don Winslow, última entrega de esta trilogía sobre el narcotráfico entre México y Estados Unidos expone los tabúes de la política binacional y nuestra relación con una realidad violenta

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POR LEONARDO TARIFEÑO 

 

Una consecuencia nefasta y perversa de “la guerra contra el narcotráfico” es que nunca se sabe dónde, cuándo o cómo habría algo parecido a la paz. Lo que sí hay, cada tanto, son treguas. Pero la paz y la tregua son situaciones muy distintas. La diferencia es tan grande y decisiva como la que existe entre acudir a votar cada dos, cuatro o seis años y construir una verdadera democracia. El destino de una sociedad se juega en esos malentendidos.

 

 

En la literatura reciente, uno de los grandes personajes abrumados por la imposibilidad de la paz en México es Art Keller, el agente de la DEA que desde la muy notable El poder del perro (2005) va tras las huellas de los sanguinarios jerarcas del narco sin lograr mucho más que hacer el mal en nombre de un siempre inalcanzable bien mayor. A lo largo de tres libros, Keller ha recorrido un asombroso camino de violencia, engaños y traiciones decorado con verdades impactantes de las que nadie quiere oír hablar, todo un destino de frustración y derrota que su creador, Don Winslow, no teme comparar con el destino de la nobleza en un mundo sin ley. La contracara de la tragedia de su personaje es el triunfo generalizado de la corrupción, la barbarie y la impunidad a ambos lados de la frontera. Y, como buen soldado, Keller lleva la guerra consigo, vaya adonde vaya. Una guerra que representa un inigualable botín político, social y económico, a la que ningún poder establecido quiere ponerle punto final.

 

 

Tal vez porque a Keller le duele “la pérdida de un ideal, una identidad, una imagen de lo que es este país…o era”, La frontera es la parte más desencantada de la trilogía que empezó en El poder del perro y siguió con la endeble El cártel (2015). Con estas casi 800 páginas, Winslow cierra su ambicioso proyecto en un grand finale que reúne las mismas fortalezas y debilidades de los volúmenes anteriores. En esta ocasión, el recio agente sobrevive a un confuso encuentro en Guatemala entre Los Zetas y el Cártel de Sinaloa para recibir, como premio a su bravura, la dirección de la DEA. A su alrededor, los problemas se multiplican: en México, la presunta muerte del máximo jefe del Cártel del Pacífico (enemigo jurado de Keller y ex aliado temporal) le abre la puerta a las luchas intestinas entre las distintas facciones; y en Estados Unidos, el ascenso de un líder racista amenaza con dividir a la sociedad e inaugurar una ola imprevisible de tensiones raciales. Mientras tanto, la DEA tiene razones para sospechar que habría un vínculo entre la desaparición de un grupo de estudiantes de una escuela rural mexicana y el surgimiento de un lobby económico de narcotraficantes con influencia en la Casa Blanca, información que le quema las manos a Keller. Y es que, como descubrirá muy a su pesar, la DEA que dirige es la principal interesada en la perpetuidad de “la guerra contra el narcotráfico”. De hecho, a ella le debe su existencia. Entonces, ¿podrá Keller hacer valer el peso de una verdad que ni a él mismo le conviene, o volverá a hacer el mal en nombre de ese bien mayor que posiblemente no exista?

 

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Como en los otros libros de la trilogía, La frontera basa buena parte de su fuerza en su poder evocativo, la exposición brutal y contundente de los grandes tabúes de la política regional contemporánea. Winslow, periodista de profesión, detalla la evolución económica del negocio de la droga, explica las múltiples razones de la epidemia de heroína en su país, subraya los intereses presentes en la matanza de Ayotzinapa y visita los escenarios de una guerra que se libra, al mismo tiempo y de distintas formas, en el estacionamiento de un café en Staten Island, en una fiesta en Culiacán y en el último piso de un rascacielos de New York. Con maestría y lucidez, la novela apuesta su atractivo al pulso de sus múltiples tramas y encandila con el brillo de sus no pocas revelaciones. En la larga tradición de narrativa con aspiraciones de best seller, recupera la misma sagacidad especulativa que consagró a Frederick Forsyth en El día del chacal y a Morris West con Las sandalias del pescador, aunque en ningún momento roza la complejidad moral de clásicos como Nuestro hombre en La Habana, de Graham Greene, o El espía que llegó del frío, de John Le Carré. Se trata de una novela atrapante, de las que mantienen la intriga hasta la última página, pero la falta de densidad psicológica de los personajes, la abundancia de diálogos y la proliferación de arquetipos y clichés desarman la potencia que podría alcanzar. ¿Habría que decir, entonces, que La frontera constituye la culminación de un proyecto fallido?

 

 

A pesar de las carencias, bien podría afirmarse que no. En La frontera, más aún que en El poder del perro y El cártel, el acento de toda la historia gira alrededor de la relación de las sociedades contemporáneas con la verdad, tema de reflexión urgente en una época productora de burbujas informativas donde los ciudadanos se niegan a aceptar que la realidad no está obligada a darles la razón. Con las limitaciones del caso, Winslow lleva la novela a un territorio desafiante y necesario, un espacio moral en el que interroga al lector sobre la importancia –o no- que por estos días tiene la verdad. ¿Alguien se juega por ella? ¿Tiene valor o lo ha perdido? Y, sobre todo, ¿sirve para ganar una guerra? Transgresor de la ley, asesino encubierto y funcionario polémico, Keller cree que su último refugio es el apego a una verdad que lo honra y acusa a la vez. Y nada muy distinto parece pensar Winslow, que prefiere reconstruir la historia reciente a la luz del lado oculto de los hechos a intentar un vuelo literario muy probablemente fuera de su alcance. “Los yonquis y vendedores no tienen forma de contraatacar. Pero los centros de poder, si los atacas, tienen muchas formas de devolver el golpe”, se lee en La frontera. A su manera, la novela es un espeluznante ataque frontal a esos centros de poder. A sabiendas, como manda la época, que negarse a ver su crudeza es la forma que tiene ese poder de devolver el golpe.

 

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FOTO: La frontera, de Don Winslow. Traducción de Victoria Horrillo. HarperCollins Español, Nueva York, 2019, 793 pp. /Especial

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